Bestias verdaderas

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Por Rodrigo Islas Brito

Agu (Abraham Atta) nos aclara la pregunta de una trabajadora social, que le quiere salvar la vida, que si nos cuenta lo que vio, lo que hizo, lo que destruyó, nos pondremos tristes y pensaremos que es un monstruo, o un simio, o una cruza entre los dos.

“Pero puedo decir que hubo un tiempo en que tuve una madre, un padre, unos hermanos, y que yo los amé y ellos me amaron”.

Sin diatribas, ni moralejas, sin el más mínimo, maldito y necesario respiro, Cary Joji Fukunaga se confirma en Bestias sin Nación (2015) como un cineasta capaz de combinar dureza y elegancia con esa pizca de esternón que ha de venir aclararnos los porqués de ese brillo en los ojos con el que suele mirarnos nuestro propio infierno.

Su retrato del devenir por los abismos de un niño africano guerrillero, desde que surge como un mozalbete juguetón capaz de vender televisores rotos en un retén militar, hasta que es convidado a la brutal golpiza de una niña de no más de siete años de edad, fluctúa como una especie de puesta al día del Apocalipsis Now de Francis Ford Coppola.

Sólo que aquí en lugar de un mercenario desencantado (del tipo Willard – Martin Sheen) tenemos al en un principio cristalino (y actoralmente más que competente) Atta iniciando el camino para terminar como tal.

Y en lugar de un Marlon Brando con pelona al ras perdido en un eterno contraluz, poseemos la furia y crueldad sin concesiones de un increíble y siempre potente Idris Elba, en su rol de comandante insurgente gandallisima, con sus toques a lo Che Guevara conoce Jamaica, con su andar de boxeador que tarde que temprano terminara por vender la pelea, con su punch de inspiración para que la cabeza de un enemigo pueda ser vivamente abierta como un melón.

Preocupado hasta lo indecible porque su juvenil tropa se la pase excelente, pero más preocupado todavía por ese último gramo de humanidad que aún es capaz de arrebatarles.

Fukunaga retoma el estilo visual pasmoso y alucinante de esa película de ocho horas que fue la primera temporada de True Detective}, con sus trincheras de barro sangrante como metáfora de todas las cosas, con su selva negra coagulada en persecuciones tramitadas por la más infinita barbarie, con su cutre sala de espera como antesala a la verdad histórica.

Estilista visual de la contradicción, de esos callejones sin salida que es capaz de ilustrar aun en los escenarios más aparentemente victorianos e inocuos (como su versión poco conocida de Jane Eyre del 2011), Fukunaga realiza una de las mejores películas bélicas y antibélicas de la historia. La mejor cosa que la empoderada Netflix ha tenido a bien producir hasta el momento.

Brutal, tétrica, hermosa, con un estilo documentaloso que torna al horror de lo que cuenta aún más inmediato, con referencias lo mismo a una poesía interna a lo Terrence Malick, que al tempo narrativo de cuatreros y asesinos a lo Sergio Leone, Beast of no Nation es por mucho la mejor película del 2015, aunque ni los premios, ni nadie, ni nada, quieran todavía enterarse.