Fogonero: El miedo reventado

Por Rodrigo Islas Brito

“El líder que pone a las mujeres como carne de cañón, los cuerpos de seguridad pública sin ningún tipo de preparación, sin protocolos de actuación, sin respeto alguno a los derechos de las personas ni a la dignidad humana; valientes con las mujeres, así fueran con los narcos. El país que se desmorona ante la vista de todos, en la impunidad total.”

Este fue uno de los comentarios que pudieron leer en las redes sociales respecto a las imágenes que se hicieron públicas el pasado miércoles, que mostraban a un grupo de mujeres chontales siendo golpeadas y sometidas por un grupo de policías, en su intento de arrestar a su dirigente Julio César Álvarez, a quien finalmente se llevaron.

Las mujeres habían ido a un acto oficial de entrega de apoyos para el campo del gobernador de Tabasco, Arturo Núñez, para exigirle su apoyo para la instalación de una maquiladora de ropa, siendo frenadas en su intento de subirse al estrado, cooptadas cuando querían abordar a Núñez, luego arrinconadas y más tarde pulverizadas por elementos policiacos que la sometieron con toletazos, patadas, trompadas, jalones de pelo y llaves de lucha libre.

En el video, el reportero que lo grabó todo, Carlos León, no podía salir de su asombro con un “¡le están pegando a las mujeres!” que tuvo que abandonar para poner pies en polvorosa y huir corriendo de unos policías de la Secretaría de Seguridad Publica que también lo querían golpear a él y al video con el que testimoniaba su calidad de Robocops de jodidez tropicalizada.

Si en algún otro país (europeo a lo mejor) ese solo video seria causal suficiente para poner la renuncia de Núñez sobre la mesa (expriista y baluarte de las plataformas políticas de ese tabasqueño universal llamado Andrés Manuel López Obrador) en el México de Enrique Peña Nieto no es motivo ni para una ligera brisa.

Con un presidente que hubiera tenido mejor suerte como galán de telenovelas y que ya dejó claro que su actual raquítico nivel de aceptación ciudadana lo tiene completamente sin cuidado, México se encuentra actualmente en una carrera por naturalizar la ley del garrote como moneda de cambio contra un pueblo que cada vez esta mas dispuesto a dejarla venir.

El Estado (la clase política mexicana completa, sin distinción de colores ni partidazgos) parece ya más que dispuesta a sostenerse y legitimizarse en la ley del primero madreo luego encarcelo, del primero disparo luego lo cubro.

Igual como lo hiciera Adolf Hitler y sus camaradas y súbditos nazis al inició de la década de los treinta en una Alemania a la que terminaron destruyendo prácticamente hasta sus cimientos.

Parece no caer en cuenta que no es tan buena idea el despertar furia en las entrañas de un México fastidiado por la pobreza inherente, por las mastodónticas Casas Blancas, por las familias presidenciales que se sueñan monarquías, por la impunidad como moño para regalo, por la rapiña legislativa que ya hasta quiere privatizar el agua, por las fiestas del Niño Verde que acaban en modelos muertas, por la futura y actual recesión económica que cada vez deja más calvas las arcas públicas y el peinado de intersección del antes triunfalista y hoy rebasado, secretario de hacienda, Luis Videgaray.

A ver hasta donde les da, a ver hasta donde les aguanta su cálculo del golpear, negar y olvidar, a ver si no viene la escalada de métodos de persuasión que termine dejando a los 43 de Ayotzinapa como un ligero recuerdo.

Por lo pronto en la Puebla fascista de Rafael Moreno Valle y niño asesinado por un escopetazo judicial, el grafiti ya es motivo para que te encierren seis años a la sombra.

Por lo pronto la voz de Carmen Aristegui ya no está en las mañanas denunciando nada, haciendo pensar que si Joseph Goebbels viviera en el México de hoy encontraría chamba de inmediato en cualquier oficina de comunicación social de cualquier gobierno.

Por lo pronto lo que ya reventó fue el miedo a reventar.