¿El enemigo imaginario?

Uriel Pérez García

En términos estratégicos, en el terreno de la comunicación política ha sido muy frecuente recurrir a la personalización de un problema para dirigirlo hacia una percepción que genere miedo frente a un enemigo en común como el culpable de dicha dificultad, y que por lo regular cuando trata de defenderse cae en la trampa y solo logra mantener en la agenda pública la discusión de la problemática con la asociación en torno a su responsabilidad.

Desde esta perspectiva se logra instaurar una polarización social dirigida contra este enemigo ya sea real o imaginario al que se alude constantemente para justificar acciones o legitimar las conductas de los actores o gobernantes en aras de mantener la aprobación del proyecto que abanderan y de esta manera combatir y vencer al responsable de perjudicar no solo a quien encabeza dicho proyecto, sino a la sociedad en general.

En este sentido, vale mencionar que sin duda esta estrategia ha sido un referente constante por parte del presidente de la república desde el inicio del sexenio como un instrumento para la descalificación de los adversarios a su gobierno y que en reiteradas ocasiones han visto disminuido su nivel de incidencia en las decisiones a través de sus posicionamientos, ya que se ha logrado asociar a estos con el gran problema que durante décadas ha dañado a este país: la corrupción.

Está claro que en un régimen democrático es totalmente legítimo que existan voces y movimientos contrarios a la administración en turno, ya que de suscitarse lo contrario se estaría en la delgada línea de una vuelta al autoritarismo que limite las libertades de disentir, propias de la convivencia de una sociedad compleja y plural, pero que siempre acecha ante la incapacidad institucional para mantener la gobernabilidad.

Sin embargo, vale la pena analizar que estos señalamientos naturales en una alternancia política deben ser encauzados hacia la solución de problemáticas específicas que deriven en políticas públicas con alternativas viables, finalmente es así como debiera construirse la agenda pública que dé pie a la agenda de gobierno con acciones concretas a los problemas públicos.

No obstante, cuando un gobierno no está dispuesto a cambiar o delimitar su agenda con base en una mayor inclusión de sectores sociales y políticos, se cierra a pretender imponer como únicos sus programas y proyectos, recurriendo a la inmediata descalificación de los señalamientos críticos o de oposición situándolos en la categoría del enemigo en común a vencer.

En el caso del gobierno actual, dos elementos fundamentales incentivan esta estrategia, por un lado la deficiente o nula capacidad de la oposición política para construir una auténtica ruta que pueda traducirse en exigencias y temas puntuales para construir una agenda pública, por el contrario, la agenda es construida de manera unidireccional a través de lo que se delimita por parte del presidente en las conferencias matutinas delineando la discusión del resto del día y que en muchos casos trasciende a los titulares del día siguiente.

Por otra parte la estrategia de división y clara polarización a través de calificativos hacia sus críticos, señalándolos como conservadores, “fifís”, neoliberales. asociándolos a la corrupción y los “privilegiados” del pasado, logra la encomienda de situarlos como el enemigo que se niega al nuevo orden político minando todo intento de transformación en el país.

Mientras los partidos políticos, así como los distintos movimientos de oposición a la llamada 4T, no logren esbozar propuestas reales que vayan más allá de replicar lo que se plantea en la agenda trazada por la presidencia, y que va desde ocurrencias discursivas hasta el reciente desafío lanzado contra el llamado Frente Nacional AntiAMLO -este último sin la capacidad de articular un discurso coherente y una movilización efectiva más allá de la simulación del fin de semana- difícilmente se podrá erigir una oposición legítima que permita la construcción de alternativas de cara a las próximas elecciones.

Lo cierto es que la estrategia de la creación de un enemigo, seguirá siendo un elemento central en el discurso presidencial y que seguramente será retomado y acentuado en las próximas candidaturas  como estrategia de polarización de la opinión pública, perpetuándose desde la redes sociales una serie de insultos y descalificaciones que solo incrementan el encono social con la ausencia de un debate que vaya más allá de buscar aniquilar al enemigo en común.