La X en la frente: El decálogo del populismo

Moisés MOLINA

Recién terminé la lectura de lo que para muchos es aún una novedad editorial.

Creo que es uno de los textos que, independientemente de su vigencia en el tiempo, se leen en el momento preciso.

Sea del agrado o no de los lectores, Enrique Krauze en “El pueblo soy yo”, hace una genealogía y retrata de cuerpo completo ese fenómeno llamado populismo, del cual tanto hemos escuchado a raíz de los reiterados esfuerzo y el triunfo final de Andrés Manuel López Obrador por ganar la silla presidencial.

Que si el Presidente electo es un Chávez Mexicano, me parece, a estas alturas exagerado. Él mismo ya dijo que fracasará la campaña por compararlo. Por el bien de nuestro amado país, espero que así sea.

Veo, sin embargo, un AMLO que antes de rendir protesta se comporta ya como un Presidente en funciones, por no decir constitucional.

Se mueve con soltura, acapara reflectores, es omnipresente, continúa en gira permanente reuniéndose lo mismo con gobernadores que con empresarios o líderes sociales por todo el país, con legisladores (como hoy), con ministros y magistrados.

Anuncia reformas con la seguridad de que sus iniciativas pasarán sin problema en ambas cámaras y en caso de necesitarse en las legislaturas de los estados, algunas aún controladas por gobernadores opositores a MORENA y las renovadas en el reciente proceso electoral a merced de su partido.

Apenas ayer vimos como, en lo que parece ser una negociación temeraria, logró con la incorporación voluntaria de cinco diputados de otro partido al grupo parlamentario de MORENA, la mayoría absoluta en la cámara baja. Es difícil pensar que Andrés Manuel no tuvo nada que ver.

AMLO es un pragmático del poder. Quienes le conocen destacan la obstinación como principal (¿cualidad/defecto?) de su personalidad y con ello de su estilo personal de gobernar en palabras de Daniel Cosío Villegas. “Para Andrés solo existen dos posibilidades: lo que él dice y lo que él cree que se debe hacer”, me confió alguien.

Es al mismo tiempo un místico de la autoridad. México votó solo por AMLO. Salvo contadas excepciones, presidentes municipales, diputados, senadores y gobernadores de MORENA venían en el paquete.

Los electores no solo le entregaron la representación a AMLO, le regalaron su voluntad y todo el poder.

No por nada está recuperando, desde el Poder Judicial, curules en congresos estatales donde MORENA está sobrerepresentado.

Lo sostengo. AMLO es un místico del poder, no de la ley.

Juárez, Cárdenas y Madero son parte de una escenografía que mueve a disonancia. “Hay que ser como Lázaro Cárdenas en lo social y como Benito Juárez en lo político” gusta en decir.

No es mi propósito hacer aquí una exégesis histórica para evidenciar cuán lejano ha estado en su proceder como servidor público siempre de los tres.

¿Es nuestro próximo presidente un populista? ¿Eso es bueno o es malo?

Que cada quien forme su criterio. Solo quiero regalarle como colofón –amable lector- una definición y el decálogo que Enrique Krauze propone como una taxonomía del populismo.

Sin concederle potestad de verdad absoluta, en la mayor parte de su razonamiento coincido:

“El populismo es un término resbaloso. No obstante, la palabra ha terminado por encontrar (en la realidad, no en los diccionarios) su significación definitiva. Es una forma de poder, no una ideología. El populismo es el uso demagógico que un líder carismático hace de la legitimidad democrática para prometer la vuelta de un orden tradicional o el acceso a una utopía posible y, logrado el triunfo, consolidar un poder personal al margen de las leyes, las instituciones y las libertades”.

Aquí sus 10 rasgos específicos:

  1. El populismo exalta al líder carismático. No hay populismo sin la figura de un hombre providencial.
  2. El populista no solo usa y abusa de la palabra: se apodera de ella. La palabra es el vehículo específico de su carisma. El populista se siente el intérprete supremo de la verdad general.
  3. El populismo fabrica la verdad. Los populistas llevan hasta las últimas consecuencias el proverbio latino “vox populi, vox dei”. Pero como Dios no se manifiesta todos los días y el pueblo no tiene una sola voz, el gobierno popular interpreta la voz del pueblo, eleva esa versión al rango de verdad oficial y sueña con decretar la verdad única. Los populistas abominan la libertad de expresión.
  4. El populista, en su variante latinoamericana, utiliza de modo discrecional los fondos públicos. No tiene paciencia con las sutilezas de la economía y las finanzas. El erario es su patrimonio privado, que puede utilizar para enriquecerse o para embarcarse en proyectos que considere importantes o gloriosos sin tomar en cuenta los costos. El populista tiene un concepto mágico de la economía: para él todo gasto es inversión.
  5. El populista, una vez más en su variante latinoamericana, reparte directamente la riqueza. Pero el líder populista no reparte gratis. Focaliza su ayuda, la cobra en obediencia.
  6. El populista alienta el odio de clases. Según Aristóteles, las revoluciones en las democracias son causadas sobre todo por la intemperancia de los demagogos. Esa intemperancia fue el odio contra los ricos. Los populistas latinoamericanos hostigan a los ricos, pero atraen a los “empresarios patrióticos” que apoyan el régimen. El populista supedita a los agentes del mercado y los manipula a su favor.
  7. El populista moviliza permanentemente a los grupos sociales. Apela, organiza, enardece a las masas. Es el poder para los que gritan, el poder para el “pueblo”.
  8. El populismo fustiga por sistema a l enemigo exterior.
  9. El populismo desprecia el orden legal. El caudillo tiende a apoderarse del Congreso. El Congreso y la Judicatura se convierten en un apéndice.
  10. El populismo mina, domina y, en último grado, domestica o cancela las instituciones y libertades de la democracia. El populismo abomina de los límites a su poder que considera contrarios a la voluntad popular.

Cuanto siga sucediendo en esta nueva aventura “republicana” podrá medirse a la luz del decálogo krauziano, desde las largas filas en los aeropuertos buscando la fotografía con el presidente electo, hasta el multitudinario acto de asunción de un nuevo tlatoani el próximo primero de diciembre.

Usted, amable lector tiene las mejores conclusiones.