La muerte de la pequeña Noelia Daylen, de apenas cuatro años, ha desbordado la indignación en #Juchitán de Zaragoza, en el Istmo de Tehuantepec. Lo que fue durante décadas símbolo de orgullo zapoteca, tierra de artistas, comerciantes y luchadores sociales, vive hoy atrapado en una espiral de violencia que no distingue edad ni condición.
En esa ciudad, donde la palabra comunidad alguna vez significó protección, ahora se escucha una frase repetida entre vecinos: “Salimos a trabajar, pero no sabemos si vamos a regresar.”
El asesinato de la niña ha tocado una fibra que el miedo había silenciado. Las redes sociales se han llenado de mensajes de rabia y desconsuelo. “Juchitán dejó de ser el Juchitán de las flores, ahora es el Juchitán de las balas”, dice una mujer en un vídeo que se ha hecho viral. Su voz, quebrada por el dolor, expresa la sensación compartida de que la violencia se ha vuelto parte inevitable del paisaje cotidiano.
El crimen organizado ha tomado el control de la vida pública y privada. Los ataques ocurren a plena luz del día, las calles se vacían temprano y los negocios cierran antes de que caiga la noche. Las víctimas ya no son solo aquellas ligadas a actividades ilícitas: cualquier persona puede quedar en medio del fuego.
Miabril, una mujer originaria de ese emblemático municipio lanza una advertencia desgarradora: “Si algún día las balas me quitan la vida, búsquenme, porque no me iría sin mi hija. Griten, quemen, hagan justicia por mí.” Su mensaje es una súplica que resume la desesperanza de un pueblo cansado de enterrar a sus muertos mientras espera respuestas del Estado.
En Juchitán, la indignación crece, pero también el silencio. Porque hablar, en tiempos como estos, puede costar la vida.




















