Fogonero: El fuego amigo que destripó a un cadáver

Rodrigo Islas Brito/RIOaxaca.

Oaxaca de Juárez. “¿En qué medida reconoce usted que su corrupción personal ha incidido en la baja de su imagen?” estas palabras le han entrado a Enrique Peña Nieto,  presidente de México, como una navaja.

En una pregunta que no le pudo hacer frente a frente Carmen Aristegui, la periodista que ya lo evidenció en su Casa Blanca de tráfico de influencias, en su tesis  de abogado de 197 párrafos copiados, en su inoperancia a la que la excolaboradora de MVS ya calificó de estupidez.

No, el golpe ha venido por donde menos se lo esperaba cualquiera. Ha sido Carlos Marín, el director del grupo editorial Milenio y colaborador de Televisa, el mismo que dijo que el incendio  de la guardería ABC que hace casi diez que cobró la vida de sesenta niños no fue un caso de corrupción institucional claro y cristalino sino nada más que un lamentable accidente, el mismo que ha censurado notas de su propio diario que evidenciaban las transas gubernamentales, el mismo del que un colaborador de Proceso me comentara hace unos años que su caída ética vino cuando entró a laborar para los Azcárraga y por fin empezó a ganar lo que se dice buen dinero.

Marín ha viajado ocho horas hasta la capital de Alaska para pescar al presidente en su transborde a su viaje a China, donde Peña Nieto ofrecerá un montón de inversiones posibles de una país, el suyo, el nuestro, el que pervive en el naufragio, en los ochos muertos del 21 de junio, en los 43 desaparecidos del 26 de septiembre, en las fosas clandestinas, en los estados narcotizados, en los miles de nombres con rostro de los un día nadie volvió a saber nada.

Pero Marín no habló de muertos, ni de sangre, ni de algo que nunca denunció. El fundador de Proceso le apuntará al que muchos han dicho que en realidad es su jefe, sobre el tema que hoy a Peña más le duele, el trato de jefe de estado que hace más de una semana le diera a ese candidato repúblicano gabacho, con tupe indescifrable llamado Donald Trump.

El mismo que dijo que construiría un muro entre su país y el nuestro, pues los mexicanos somos “unos violadores y criminales”, y que en la cara del presidente de los mexicanos básicamente volvió a repetir la mitad de su discurso de odio.

“Lo chamaquearon” le apunta el periodista. “Perdóneme presidente que lo interrumpa”, le dice más tarde. Peña Nieto tarda un rato en darse cuenta de que está en problemas. En el colmo del paroxismo parafrasea al columnista Ricardo Alemán, el mayor gatillero de cualquier cosa que huela a cuestionamiento de políticas presidenciales, el mismo que aseguró que la masacrada Nochixtlán era un pueblo de guerrilleros.

“Dijo que da usted la impresión del boxeador que dando la pelea ni noqueando gana” al presidente el apunte no le viene bien, pero con esa coraza impoluta que lo caracteriza trata de darle la vuelta.

“He venido haciendo cambios muy profundos para el país, que significan mover a México para que realmente pueda crecer y  pueda asegurar desarrollo para su sociedad”.

Marín le dice que no pone en duda sus palabras, antes le ha dicho al mandatario que le reconoce su inteligencia y su pericia, en un comentario que las mentes más lúgubres podrían calificar como malévolo.

Peña dice que ser como es y hacer lo que hace “tiene sus costos políticos”, que su amor por México entraña que no siempre las suyas sean decisiones populares, pero que son “decisiones para el bien del país”.

Marín le habla entonces de la “corrupción personal” del presidente de un país de 120 millones de personas, corrupción que el mismo mando a investigar con un funcionario que el mismo nombró. Acostumbrado  al oprobio, Peña articula lo que puede.

“Los elementos que han contribuido a esto son múltiples, el ejercicio del gobierno implica desgaste. Significa tomar decisiones que en su momento nos son suficientemente valoradas”.

El presidente de nueva cuenta no está diciendo nada, pero lo más sorprendente es que va a ser Carlos Marín el que se lo va a hacer notar.

“En las encuestas viene a la baja y después de Trump viene en picada”, lo acorrala el momentáneamente resucitado periodista. “La percepción es que el ochenta por ciento de los mexicanos no nos sentimos representados por usted “, lo remata.

El cuestionado máximo funcionario del país intenta tomar distancia en un tiempo en el que ya todo el mundo le dice hasta de lo que se va a morir. Apela “al mundo de las emociones donde a veces es muy difícil hacer prevalecer la razón”.

Insiste en que lo suyo en un “México del futuro”, aunque en el presente ya muy pocos lo puedan ver. Habla de “velar por el futuro de los mexicanos”. Mientras el conductor de Asalto a la razón le recomienda que mejor “ayude a su gestión y a la imagen de su partido (el PRI) que ya está muy demeritado.

Peña quiere usar retorica pero Marín lo destripa diciéndole que la cosa ya está tan fea que tal vez sea tiempo de ir sacando “a sus tapados “.

“No estoy pensando en los procesos electorales” se defiende el mandatario. “Muchas veces la memoria es corta”, apunta. Marín quiere bronca y se da por aludido.

“¿Mi memoria es corta?” Peña quiere contratacar pero está visto que eso no es lo suyo, habla de sus reformas estructurales, a lo que Marín responde que se las conoce de memoria.

“El de la energía, el de la educación”, le dice a un jefe de gobierno que parece no sentir ya lo duro si no lo tupido. Quien alza la voz para hacerse escuchar y gritar que la reformas estructurales peñanietistas fueron resultados de un viejo diagnostico que marcaba que el país las necesitaba.

De la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) el poblano le marca que su gobierno “parece ser un estado rehén, estéril”.

“Perdóname pero no” le responde un mandatario que puede que ya se esté preguntando internamente si a esto que le está pasando es aquello que los antiguos conocían como fuego amigo.

Peña Nieto parece estar a punto de entrar a una temblorina existencial en una estampa que ya resulta divertidísima. Ataca y dice que hoy solo dos entidades se resisten a su reforma educativa, Chiapas y Oaxaca, pero que esta va porque va

Se echa para adelante  y exhibe su dedo flamígero contra él que creía su porrista, le suplica que le permita la oportunidad de dejar claro el sentido de su decisión sobre invitar a Trump, que solamente lo hizo pensando en México y los mexicanos.

Aduce que Trump había dicho que quería cancelar el Tratado de Libre Comercio con México cuando fuera presidente y que esto costaría millones de empleos de sus amados mexicanos, que es en un patriota, que en su reunión de una hora con el acuñador televisivo de la frase “you are fired”, lo convenció de que no cancelará nada, de que solo lo modernizara.

Marín no muestra piedad, habla de que la candidata  demócrata Hillary Clinton también quiere revisar el TLC. “Pero revisar no es lo mismo que cancelar”, expresa desesperado el primer mandatario de la Nación.

Dice que no es ajeno a las afrentas que Trump ha hecho a México, pero que todo lo ha hecho pensando en el futuro precisamente de México, de ese México en el que hoy hasta se habla de juzgarlo como un traidor a la patria.

“Usted se metió a la campaña presidencial de Estados Unidos” suelta Marín

“No Carlos, me metí pensando en México” responde Peña Nieto en una de esas acostumbradas respuestas contradictorias de rorro de la política que lo acabaron llevando a la presidencia.

Pero hoy ya no se ve tan rorro, se nota más bien transfigurado en la confusión del camino cerrado, del callejón sin salida.

“Y subrayé claramente que seré respetuoso, que se ve una elección cerrada” agrega el originario de Atlacomulco como si estuviera componiendo algo. Con tan mala suerte, que un día después de la entrevista con Marín, medios estadounidenses han publicado que después de su triunfal  y napoleónico paso por México, Trump ya aventaja a Hillary Clinton en dos puntos en la carrera por la presidencia del país más poderoso del mundo.

Peña se entrega a su defensa y la exacerba, asegura que le decían que no hacía nada ante el peligro de Trump y lo hizo, que por supuesto que México no va a pagar por un muro fronterizo, y que no lo dijo ante Trump y los mexicanos porque no quería ser estridente.

“Yo no cuestiono que se reuniera con el adversario, pero lo invitó a su casa. La casa que tiene prestada porque dentro de dos años la desocupa y este miserable se vomitó en su casa”.

Marín es ya un carnicero y Peña el becerro de copete dorado que se resiste a sangrar, aunque solo sea sangre lo que sale por su boca.

“No coincido, yo le deje muy claro que México no va a pagar por el muro. Era una invitación abierta que no se podía declinar”

Trump dijo, Peña dice, al final Marín le dirá al presidente que no se sintió representado con su reacción. El objeto de su decepción le responderá que no le molesta eso, que lo que venga para el país dejara muy en claro porque lo hizo.

“El tiempo me dará la razón” dice Peña como confiando en algo que ya lo rebasó. Trata de usar el ejemplo de cuando Barack Obama fue a Cuba a pesar de que ahí nadie lo quería. Al burdo argumento presidencial Marín lo mata en dos segundos.

El presidente dice que espera que la candidata Hillary Clinton acepte la invitación para venir a México, cuando desde el día de ayer se hizo público que  Clinton ya rechazó la invitación.

¡Para Peña mala suerte! ¡Para!, ¡que nos estas matando a todos de la risa y del dolor!

“Me llama la atención que no me diga que va a hacer ante este desastre”. Ante la pregunta afirmación marinesca, Peña usa su cara de no pasa nada y se niega aceptar cualquier cosa que no sea su rostro en la efigie de la historia.

“Soy bastante más optimista que tú, pasan cosas buenas que no se cuentan mucho”,  comprobando que su discurso publicitario y su discurso oficial son la misma cosa, el preciso  se desgañita proclamando que en su gobierno “se han generado dos millones de empleos”.

Que hoy el país, con el dólar a medio pelo de los veinte dólares, tiene el “nivel de inflación más bajo en su historia”. Que hoy lo que sobra en México es infraestructura, que pareciera que nadie está tomando en cuenta las buenas cosas.

“Parece que me está resumiendo su informe de gobierno” lo enfría Marín. “Acompáñame a recorrer los tres mil kilómetros de infraestructura” le replica el esposo de la Gaviota.

“Yo pido que ya le pare. Me están haciendo una señal del Estado Mayor Presidencial”

“Ya se te va tu avión a México” le chancea el presidente.

“No, se va el de usted a China” le sostiene el interrogador, a lo que Peña suelta una risa amarga que suena a telenovela de Soraya Montenegro.

“Cifras y hechos contra la percepción, apoyo al campo, esa es la realidad” Peña toma la mano de Marín, la aprieta, la zarandea. En el zangoloteo le da las gracias.

“No me dé las gracias, yo no le doy las gracias”, responde el periodista que en tres días cumple 69 años, sin soltarse, aguantándole al preciso un matador duelo de miradas.

Antes a propósito de Trump, el vilipendiado autor de trabajos periodísticos como la demostración de la existencia de las Brigadas Blancas, de los cuestionamientos a la existencia histórica del canonizado Juan Diego, del que hizo público el testamento de Emilio Azcárraga Milmo, del que dos semanas después de la matanza de Acteal denunció el apoyo del Ejército mexicano a paramilitares en Chiapas, del que evidenció las deudas de la familia Fox con el FOBAPROA, le ha recetado al autor del “ya sé que no aplauden”, del “Hillary Trump”, del percibo “un mal humor social”, del he leído más de dos libros pero no me acuerdo cuales son, un solo deseo.

“Usted tiene que terminar decente cuando menos con una mentada de madre, presidente”.

El descontrol y la incredulidad de Peña ya es total, esa si no se la esperaba y el semblante se lo ha dejado frío, ¿acaso el tipo que viajó ocho horas para entrevistarlo ha venido a mentarle la madre?

 “Soy  presidente de todos los mexicanos, de todos” tal vez resuene en su mente. Más de un día después de la entrevista, de regreso en México, Enrique Peña Nieto le dará su carta de retiro a su secretario de Hacienda y Crédito Público, Luis Videgaray, el mismo que declarará que era un orgullo el servir bajo sus órdenes.

El mismo que lo ensalzará a la primera provocación, que lo acompañará desde su gubernatura en el Estado de México, el mismo que fuera su presidenciable a sustituirlo en el cargo. El mismo del que otros funcionarios señalaran que fue él de la idea de traer a México a Trump para calmar a los mercados internacionales (aunque en la entrevista con Marín, el presidente haya dicho que las decisiones ejecutivas solo las toma él).

¿Qué le pasó a Carlos Marín para destripar así al que señalaban de ser dueño de sus quincenas?, ¿Fue acaso la certeza de estar a tiro de piedra de la séptima década? ¿Fue el recuerdo de Julio Scherer de cuyo velorio tuvo que salir corriendo?

En las redes sociales las teorías fueron todas. Que su escasa voz denota a  un Marín enfermo que quiso regresar cual Scrooge metropolitano “al corazón de su tierna infancia”.

Que todo fue resultado de un grupo político que lo mandó a golpear a un cadáver político del que ya es urgente desmarcarse, que el jet lag de sus ocho horas de vuelo le nublaron el  alcance de distinguir quien era al que al final le acabó cuasi mentando la madre, que tuvo un deja vu de lo que era y de lo que ya no es.

Al final Carlos Marín Martínez, aquel que escribiera un manual de periodismo que fue libro de texto para generaciones enteras de reporteros, ha hecho lo que jamás se pensó que iba a volver a hacer: periodismo.

Las razones que lo llevaron a destripar hasta el último átomo las coartadas y las mentiras de Enrique Peña Nieto, al final puede que sea lo que menos importe ya.