Ernesto Reyes
¡Uff!, apenas el primer año de un presidente que, si no lo paran en su propio país, está llamado a repetir la historia del nazismo.
Un mediodía de febrero de 1985 arribé a La Habana, Cuba, en la aerolínea estatal, que al salir de ciudad de México tuvo que arrancar dos veces para cerciorarse de que no se fuera a caer en el vuelo. Fui de los tres oaxaqueños, en igual número de generaciones, que tomé el curso que ofrecía el Instituto Latinoamericano de Periodismo “José Martí”. El objetivo: que profesionales de diversos países conociéramos un modelo especial de asumir el periodismo, en una nación que estaba construyendo hacía 26 años su propia revolución.
Por el bloqueo económico, la isla enfrentaba duras dificultades para tener alimento suficiente, y defender su derecho a ser libres y soberanos. Se les castigaba, como se sigue haciendo hasta ahora, por sostener una revolución de corte socialista- “dictadura comunista” para Estados Unidos y el mundo occidental- que limitaba la libertad de expresión, es decir, la disidencia, el juego democrático de partidos y la alternancia en el poder.
Sin medicinas ni recursos materiales y tecnológicos, los cubanos tuvieron que inventar hasta los cerillos porque ningún país podía comerciar con ellos. Quienes lo intentaban eran castigados con sanciones económicas, como hace Donald Trump imponiendo aranceles. Con todo en contra, la gente no perdía su alegría ni sus esperanzas de salir adelante. Algunos emigraban, pero la mayoría allí está orgullosa de pertenecer a un país independiente.
Como respuesta a las amenazas norteamericanas, Cuba estrechó ligas con países del bloque socialista, los cuales facilitaban alimentos, maquinaria, vehículos y otros enseres a precios preferenciales. México ha continuado vendiéndoles petróleo y otros productos como un acto humanitario desde los años 60. Pese a la estrechez en muchos sentidos, tenían destacados avances en materia de salud, educación, deportes y las artes, por citar algunos sectores.
Constaté la veneración por el comandante Ernesto Guevara y no se diga Fidel, quien paralizaba la isla cuando tomaba el micrófono. Durante conversaciones y encuentros con militantes políticos, directivos de empresas del Estado, líderes latinoamericanos, intelectuales y artistas, así como académicos y periodistas de radio, televisión y prensa, entendimos que el pueblo estaba preparado para la autodefensa, nunca para la agresión, y que la consigna “Patria o Muerte, Venceremos” era real, no un acto de propaganda. Uno de nosotros, elegido por sorteo, saludó en nuestro nombre al comandante Fidel Castro en el palacio de la Revolución.
El conocimiento sobre los problemas que aquejaban a los países representados en el curso, procedentes de Centro, Sudamérica y el Caribe, nos sensibilizó para entender lo que sucede en el continente. A mediados de los 80, creíamos que las crisis económicas, políticas o amenazas de intervención norteamericana en México eran cosa de un pasado que habíamos pagado con sangre y pérdida de territorio durante las invasiones de España, Francia y la Unión Americana.
Los participantes del curso eran en su mayoría comunicadores identificados con luchas sociales o grupos revolucionarios que combatían por cualquier vía, incluso la armada, dictaduras militares y gobiernos entreguistas. Ese mismo año México comenzó a cambiar a raíz del sismo del 19 de septiembre. Salió a flote la corrupción y desatención oficial por los damnificados, naciendo movimientos populares y políticos.
En 1988 el sistema político de partido único se hizo trizas. Y aunque lenta, comenzó una etapa de cambios. Aprendí que la solidaridad entre pueblos, más allá de gobiernos, es la savia que circula por las venas de América entera. Confirmé entonces que las luchas de otros pueblos por ser libres, soberanos y dignos son también nuestras.
Al iniciar su segundo año de mandato, Donald Trump es una seria amenaza para el mundo y para nuestro país. Cada vez hay más datos de que emprenda acciones punitivas o de otra índole, con el pretexto del narco o el petróleo, en su objetivo de someter a un gobierno que le resulta incómodo.
Estas son algunas de las razones por las que me solidarizo con el dolor por los 32 héroes cubanos que cayeron muertos – y el resto hasta sumar un centenar de ciudadanos de Venezuela- ante el ataque militar para secuestrar al presidente venezolano Nicolás Maduro y esposa.
Este año que comenzó el 2 de enero con la agresión a Venezuela no hay motivos para el desaliento. Ante la guerra mediática y burlas de sectores que se reflejan en los medios, nos queda pensar en unidad como Nación más allá de posiciones o diferencias personales, ideológicas, económicas y hasta partidistas. La defensa de nuestros derechos, dignidad y autodeterminación de la patria no solo es tarea de Claudia Sheinbaum, es de todos los mexicanos (as) bien nacidos (as).




















