Ciudad de México.— Cuando el cielo se volvió naranja y el estruendo sacudió el Puente de La Concordia, la reacción de Alicia Matías Teodoro fue instintiva: tomó a su nieta de dos años, la cubrió con su cuerpo y se dejó abrazar por el fuego.
Los testigos dicen que apenas hubo segundos entre la explosión y la lluvia de chispas que alcanzó a decenas de personas. En medio del pánico, Alicia no corrió. Se quedó quieta, apretando a la bebé contra su pecho, decidida a que nada la tocara.
Las llamas le arrancaron el cabello, le marcaron la piel, pero la niña salió ilesa. Los paramédicos confirmaron lo que parecía imposible: la pequeña no tenía una sola quemadura.
En la camilla, mientras le colocaban vendas improvisadas, Alicia murmuraba apenas: “con que ella esté bien”. Su voz temblaba, no de miedo, sino de alivio.
El accidente dejó muerte y desolación en Iztapalapa, pero también una imagen que viajó más rápido que las sirenas: la de una abuela dispuesta a entregarse entera por salvar una vida.
En redes sociales, su nombre comenzó a multiplicarse. Para muchos, Alicia es ya la prueba de que, en medio del desastre, todavía existen gestos capaces de vencer al miedo y al dolor.
Porque a veces, la valentía no grita: se convierte en un abrazo que protege del fuego.




















