El acuerdo que sorprendió a 140 alcaldes de Norteamérica

El País.

México y Estados Unidos han alcanzado este viernes un acuerdo in extremis para frenar la que se perfilaba como la mayor crisis diplomática entre ambos países de los últimos años. “Gracias al apoyo de todos los mexicanos se logró evitar la imposición de aranceles a los productos mexicanos”, ha declarado el presidente, Andrés Manuel López Obrador, antes de abandonar el puerto turístico de Los Cabos, donde se había celebrado la primera Cumbre de Alcaldes de Norteamérica. El mandatario ha partido a la ciudad fronteriza de Tijuana, donde ya tenía previsto celebrar un acto simbólico frente a las amenazas de la guerra comercial y se ha confirmado que el mitin sigue en pie.

Horas antes de alcanzar el acuerdo, López Obrador había ordenado un despliegue para apuntalar una coalición de aliados en ambos lados de la frontera, que incluyó la participación de 140 alcaldes de México, Estados Unidos y Canadá, así como de Carlos Slim, el empresario más poderoso del país, y otros pesos pesados del sector privado.

La cumbre se fraguó en noviembre pasado, varios meses antes de los exabruptos arancelarios de la Casa Blanca, pero cobró un nuevo significado a la luz de la crisis de los últimos días. López Obrador apostó por mantener un tono conciliador, incluso en las vísperas de que lo que se perfilaba como un conflicto sin precedentes con su mayor socio comercial. “No queremos dejar de ser amigos de Trump”, insistió el mandatario.

La causa mexicana se hizo eco entre decenas de políticos estadounidenses que reclamaban las afectaciones de los aranceles del otro lado de la frontera. “No apoyo ningún plan a favor de una guerra comercial”, dijo el demócrata Eric Garcetti, alcalde de Los Ángeles, descendiente de inmigrantes mexicanos y el asistente de más alto perfil entre los representantes de EE UU. “Los aranceles tendrían consecuencias catastróficas”, advertía el republicano Dee Margo, de la ciudad fronteriza de El Paso, Texas. “El libre comercio es la piedra angular de la integración de América del Norte”, se lee en el manifiesto que firmaron todos los asistentes: “Nos oponemos a la imposición unilateral de tarifas”.

El acuerdo, que parecía remoto, tomó por sorpresa a la plana mayor del Gabinete de López Obrador, que una hora antes pronunció discursos a favor de la integración económica y que, incluso, advertía de medidas que podían adoptarse en reciprocidad si se imponían las tarifas al comercio. “Somos vecinos socios y la relación será mejor si las responsabilidades son compartidas”, dijo Olga Sánchez Cordero, secretaria de Gobernación. “Esa hermandad no la rompe ni un 5% de aranceles”, afirmó Claudia Sheinbaum, jefa de Gobierno de Ciudad de México y una de las políticas más cercanas al mandatario mexicano. Mientras se sumaban una a una las voces contra la guerra comercial en Los Cabos, un nuevo compromiso migratorio se construía en Washington.

El canciller y negociador en jefe de México, Marcelo Ebrard, había sido el gran ausente de la cumbre, que él mismo había organizado. Frente a las playas del Pacífico mexicano, el encuentro dejó de ser un termómetro de las preocupaciones para dar paso a un inmenso cuarto de guerra, en el que ya se analizaban todos los escenarios y desenlaces posibles. Tras bambalinas, las miradas siempre estuvieron puestas en el fin de las negociaciones en Washington. Pero aun antes de conocerse las condiciones del acuerdo y las consecuencias para cientos de miles de inmigrantes al sur de la frontera, en el Gobierno mexicano se respiraba una nueva calma. Se exorcizaron las tensiones. No se ocultaba la sorpresa. Se había librado la enésima amenaza desde que Trump llegó a la Casa Blanca. Por ahora.