El sabor de García Márquez en diez platillos

Hace 87 años, a unos días de entrar la primavera de 1928, nació Gabriel García Márquez en Aracata, Colombia.

Autor de más de cuarenta libros y también personaje destacado del periodismo iberoamericano del siglo XX, profesión a la que llamó el “mejor oficio del mundo”, se le conoce como uno de los máximos exponentes del realismo mágico. En toda su obra destaca una obsesión por captar la identidad cultural latinoamericana, de la cual, la comida, por supuesto, es parte fundamental.

Aislar de la obra del Premio Nobel de Literatura 1982 todas las referencias a la gastronomía sería un esfuerzo colosal, sin embargo, en honor a su natalicio, Animal Político reúne algunas de las alusiones que hizo “Gabo” a la comida en su producción literaria y periodística:

El café

En numerosas ocasiones entre las páginas de Cien años de soledad (1967), García Márquez hace alusión al café… sin azúcar. Así lo tomaban los miembros de la familia Buendía en todo momento. Incluso al coronel Aureliano Buendía (2da generación) lo intentaron matar con un café que venía cargado con estricnina, un alcaloide de la nuez vómica que es usado como pesticida para roedores.

Acá algunos extractos que lo mencionan:

“El letrero que colgó en la cerviz de la vaca era una muestra ejemplar de la forma en que los habitantes de Macondo estaban dispuestas a luchar contra el olvido: Ésta es la vaca, hay que ordeñarla todas las mañanas para que produzca leche ya la leche hay que herviría para mezclarla con el café y hacer café con leche. Así continuaron viviendo en una realidad escurridiza, momentáneamente capturada por las palabras, pero que había de fugarse sin remedio cuando olvidaran los valores de la letra escrita.”

“A cualquier hora que entrara en el cuarto, Santa Sofía de la Piedad lo encontraba absorto en la lectura. Le llevaba al amanecer un tazón de café sin azúcar, y al mediodía un plato de arroz con tajadas de plátano fritas, que era lo único que se comía en la casa después de la muerte de Aureliano Segundo.”

En “Buen viaje, señor presidente” de los Doce Cuentos Peregrinos (1992) al expresidente le prohíben comer carne, mariscos, tomar café, pero la inminencia de la muerte lo hace rendirse ante una taza de café “a la italiana, como para levantar a un muerto” y ante “una costilla de buey al carbón y una ensalada de legumbres”.

Las berenjenas

En El amor en los tiempos del Cólera (1985), estas verduras eran repudiadas por Fermina Daza desde pequeña. Las detestaba desde antes de haberlas probado, porque siempre le pareció que tenían color de veneno. Su padre la había obligado a comerse una cazuela de berenjenas prevista para seis personas y esa noche creyó morirse pues no podía parar de vomitar.

Tras dos años de intercambio de correos amorosos, Florentino Ariza se arma de valor para hacerle a Fermina la propuesta formal de matrimonio a lo que ésta contestó a lápiz y en una sola línea: “Está bien, me caso con usted si me promete que no me hará comer berenjenas.”

A los dos años de vivir en París y luego de haberse casado con el Dr. Juvenal Urbino, Fermina Daza y Urbino regresan a Cartagena luego de enterarse de que la madre de éste estaba enferma de gravedad. En la cena de gala de bienvenida se sirvió un plato que Fermina Daza no logró identificar y del cual se sirvió dos raciones. Luego se enteró de que acababa de comerse con un placer insospechado dos platos rebosantes de puré de berenjena.

“Perdió con galanura: a partir de entonces, en la quinta de La Manga se sirvieron berenjenas en todas sus formas casi con tanta frecuencia como en el Palacio de Casalduero, y eran tan apetecidas por todos que el doctor Juvenal Urbino alegraba los ratos libres de la vejez repitiendo que quería tener otra hija para ponerle el nombre bien amado en la casa: Berenjena Urbino”.

Al final de la obra, cuando Fermina zarpa en la Nueva Fidelidad con Florentino Ariza, cocina para toda la tripulación un plato que éste bautiza para sí mismo: berenjenas al amor.

El chocolate

En Cien Años de Soledad (1967), el coronel Aureliano Buendía y Remedios Moscote son casados por Nicanor Reyna, un sacerdote que Don Apolinar Moscote mandó traer de la ciénaga. Decidió quedarse en Macondo espantado con los habitantes que sujetos a la ley natural, no bautizaban a los hijos ni santificaban las fiestas. Nadie le prestaba atención pues Macondo llevaba muchos años sin cura, hasta que éste les probó la existencia de Dios mediante una taza de chocolate espeso y humeante que se tomó sin respirar.

“Luego se limpió los labios con un pañuelo que sacó de la manga, extendió los brazos y cerró los ojos. Entonces el padre Nicanor se elevó doce centímetros sobre el nivel del suelo. Fue un recurso convincente. Anduvo varios días por entre las casas, repitiendo la prueba de la levitación mediante el estímulo del chocolate, mientras el monaguillo recogía tanto dinero en un talego, que en menos de un mes emprendió la construcción del templo.”

En “La santa” de Doce Cuentos Peregrinos, Margarito Duarte y sus amigos les llevaban “helados y chocolates a las putitas de verano que mariposeaban bajo los laureles centenarios de la Villa Borghese en Roma”.

Los mariscos

En “Me alquilo para soñar” de los Doce Cuentos Peregrinos (1992), García Márquez narra cómo Pablo Neruda siempre presidía la mesa con un babero que le ponía su esposa Matilde para que no se bañara en salsas. Un día en Barcelona “se comió tres langostas enteras descuartizándolas con una maestría de cirujano, y al mismo tiempo devoraba con la vista los platos de todos, e iba picando un poco de cada uno, con un deleite que contagiaba las ganas de comer: las almejas de Galicia, los percebes del Cantábrico, las cigalas de Alicante, las espardenyas de la Costa Brava. Mientras tanto, como los franceses, sólo hablaba de otras exquisiteces de cocina, y en especial de los mariscos prehistóricos de Chile que llevaba en el corazón.”

El platillo que no se comió

En 1955, García Márquez fue enviado a Roma por el periódico colombiano El Espectador para cubrir los funerales del Papa Pío XII, quien llevaba meses con hipo. El Papa no murió de ese hipo, sino de otro, en 1958, combinado con otras afecciones gástricas. Quien casi muere es García Márquez, el mismo día de su arribo a Roma. A su llegada a la estación de tren, un joven lo ayudó a cargar sus maletas y le recomendó un hotel en la Vía Nazionale, pues las comidas venían incluidas en el precio. Ya en el vestíbulo, divisó a diecisiete ingleses sentados y decidió irse a otro hotel, pues la disputa de las islas Malvinas había provocado que se desencantara con los británicos. “Esa noche, los diecisiete ingleses y todos los huéspedes del hotel del tercer piso se envenenaron con la cena.”

Aquel verano García Márquez recordaría que la pasta en Roma cambiaba de sabor con sólo cambiar de forma, los gritos de los vendedores de sandías y las canciones de amor entre las flores de las terrazas.

El platillo más sucio

En Gabriel García Márquez: Una vida, la biografía publicada en 2009 por el británico Gerald Martin, el colombiano contó que durante el año y medio que vivió en París se las vio negras para sobrevivir. Sobrevivió de “milagros cotidianos”, de todo tipo de trabajos y de la caridad de unos cuantos amigos. Con frecuencia lo tomaban por árabe y en más de una ocasión fue arrestado. Incluso una vez una patrulla lo atropelló y le escupió en la cara.

En la biografía cuenta lo que quizás fue su platillo más desahuciado: “Una vez estaba yo en una fiesta en una casa de amigos que en cierta manera me ayudaban. Cuando se terminó la reunión, la señora de la casa me dijo: “García, ven acá, cuando vayas bajando, lleva esta bolsa de basura y la dejas abajo, en la calle”. Tenía tanta hambre que sacó lo que pudo de allí y se lo comió.

La guayaba

En sus textos periodísticos de El País, Gabo evoca la memoria de su país natal con el olor de la guayaba.

Durante la presidencia de Julio César Turbay Ayala, en 1981, García Márquez dejó Colombia bajo protección diplomática de México tras enterarse de que existía una orden de detención en su contra. Eran las épocas del Estatuto de Seguridad, un severo régimen penal promovido por las Fuerzas Armadas para contrarrestar las movilizaciones rebeldes que “amenazaban los intereses nacionales”. Bajo aquel régimen se llevaron a cabo torturas, desapariciones forzadas y múltiples violaciones a derechos humanos que provocaron el exilio de muchos intelectuales, entre ellos el propio García Márquez.

Una semana después de que él y su esposa Mercedes salieran de Colombia escribió:

Después de veinticinco años, tenía el propósito firme y grato de vivir en mi país. Pero en este ambiente de improvisación y equivocaciones, recibí una información muy seria de que había una orden de detención contra mí, emanada de la justicia militar. No tengo nada que ocultar ni me he servido jamás de un arma distinta de la máquina de escribir, pero conozco la manera como han procedido en otros casos si semejantes las autoridades militares, inclusive con alguien tan eminente como el poeta Luis Vidales, y me pareció que era una falta de respeto conmigo mismo facilitar esa diligencia.

Las autoridades civiles, entre quienes tengo muy buenos y viejos amigos, me dieron toda clase de seguridades de que no se intentaba nada contra mí. Pero en un Gobierno donde algunos dicen una cosa y otros hacen otra muy distinta, y donde los militares guardan secretos que los civiles no conocen, no es posible saber donde está la tierra firme. Una prueba de eso es que el canciller Lemos Simonds -con quien yo tenía prevista una cita amistosa para el próximo lunes- se refirió a mi persona en términos muy cordiales a través de la radio, y en cambio el comunicado de su propia cancillería dijo que mi decisión de abandonar el país bajo la protección de la Embajada de México es una maniobra más en la campaña internacional de desprestigio contra el actual Gobierno de Colombia, es decir: al cargo concreto y más gratuito, que no se encontraba el día anterior. Así las cosas, con el dolor de mi alma, me he visto precisado a seguir apacentando, quién sabe por cuanto tiempo más, mi persistente y dolorosa nostalgia del olor de la guayaba.

La alboronía y de nuevo, la guayaba

En El General en su Laberinto (1989), la novela histórica que Gabo dedicó a su amigo y compatriota Álvaro Mutis (quien le dio la idea inicial de escribir un libro sobre Simón Bolivar), García Márquez recreó los últimos días del “Libertador de América”. A la mitad del libro, el General y su séquito llegan al puerto de Mompox, Colombia, donde los para la policía sin reconocer al General. Finalmente, descubren su identidad y creyéndolo aún Presidente de la Gran Colombia lo escoltan y le preparan banquetes. En un momento le es preparado un platillo de alboronía, una fritada de berenjenas, tomates, calabaza y pimientos picados y revueltos.

No se lo comió, pues sucumbió antes al olor embriagante de las guayabas, que lo empcharon y le provocaron náuseas y retortijones.

El amor, el platillo más dulce

Al final de Cien años de Soledad (1967), en un Macondo “olvidado hasta por los pájaros, donde el polvo y el calor se habían hecho tan tenaces que costaba trabajo respirar”, los únicos felices eran Aureliano Babilonia y Amaranta Úrsula (quinta generación Buendía).

“Se entregaron a la idolatría de sus cuerpos, al descubrir que los tedios del amor tenían posibilidades inexploradas, mucho más ricas que las del deseo. Mientras él amasaba con claras de huevo los senos eréctiles de Amaranta Úrsula, o suavizaba con manteca de coco sus muslos elásticos y su vientre aduraznado, ella jugaba a las muñecas con la portentosa criatura de Aureliano, y le pintaba ojos de payaso con carmín de labios y bigotes de turco con carboncillo de las cejas, y le ponía corbatines de organza y sombreritos de papel plateado. Una noche se embadurnaron de pies a cabeza con melocotones en almíbar, se lamieron como perros y se amaron como locos en el piso del corredor, y fueron despertados por un torrente de hormigas carniceras que se disponían a devorarlos vivos.”